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Y de nuevo vuelves a ver lo absurdo que es ser.
Ser en invierno, con frio, con rutinas, con quemarse de vivir.
Y ese tan único que te crees es igual que esos turistas con piel de cangrejo, que pueblan el centro histórico y parecen idiotas mientras cenan paella descongelada en chancletas.
Y ahora eres tú un simple humano que tiene calor, que huele a cloro y que come helado de menta y chocolate del supermercado. |